viernes, 24 de septiembre de 2010

La Medicina en Santo Domingo hace 100 Años, VI

Notas Autobiográficas del Dr. Héctor Read Barreras




EL VIAJE A ALEMANIA


Como había adelantado mucho en el idioma francés y también tenía buena preparación en inglés, renovada esta última con un repaso que Horacio (mi hermano) y yo habíamos hecho, aprovechando las circunstancias de que nuestro viejo maestro, Mr. Mc. Ray, que era Pastor de la iglesia protestante de Macorís, volvimos a la carga con el libro de Cortina.

Ya antes en una ocasión, deseoso de conocer las dificultades (muy justas y afamadas del alemán) pedí a España una cartilla bilingüe: verdad que a solas con mi libro encontré difícil y ardua la empresa. Pero he aquí que, Doña Constance de Georg, queriendo colaborar al compromiso que su esposo había cerrado en Hamburgo, se ofreció a enseñarnos alemán. Ella lo dominaba a perfección y tenía excepcionales cualidades de maestra; nosotros teníamos, más que nada, novelería por lo del idioma incógnito de las incógnitas. Se ofreció la dama y correspondimos a su invitación tan oportuna, el Dr. M. E. Sánchez, el Dr. Albert, el estudiante Obregón, y no sé si otro de los Oliver, a estudiar el idioma. El texto elegido, fue “Método Gaspey-Sauer”, Gramática de la Lengua Alemana.

Hasta entonces no había otro método bilingüe que le superara y, quien le asimilaba, al fin, sabía alemán. Esto era una “garantía”. Gracias a Doña Constance Georg, me encaminé en el conocimiento de esta lengua, que me fue (y ha sido) y sigue siéndolo, tan útil en mi vida intelectual. Ya en la segunda mitad de este siglo, se han inventado métodos más “suaves”, los preceptores del Instituto Goethe, que facilitan las tareas.

Ciertamente si yo había hecho durante años el esfuerzo de adquirir el francés, y de estudiar en libros franceses, era con la esperanza que tenía de, a su tiempo, completar estudios en París, como varios de mis compatriotas lo habían hecho. Ahora se me presentaba la ocasión, y el esperado tiempo, desviando el camino hacia Alemania que me ofrecía ventajas inesperadas: “la suerte esta echada”.

En los primeros meses del año 1925, llega al “Waltraud Horn”, motonave de carga y pasajeros, con la carga del encargo del equipo despachado desde Hamburgo, para el Hospital San Antonio, de San Pedro de Macorís. También llega un médico radiólogo alemán, el Dr. T. Timm, rubio de ojos azules, ágil de cuerpo y de aire simpático. Pronto desarrolla su español se hace entender y armoniza con el ambiente.1

Se consigue Mr. Georg, los servicios del Ingeniero del Ingenio “Consuelo”, sujeto de toda capacidad demostrada, cooperador y dispuesto a montar la máquina de los Rayos X para diagnóstico. Con un electricista ayudante lo hacen con buen resultado.

Se entusiasman y se disponen a montar los aparatos más complicados y potentes de la terapia radiológica: a falta de los planos, que no han llegado, se guían por las conexiones y montan y arman el complejo, que resulta funcionando bien. El Dr. Timm hace las primeras radiografías, enciende los tubos de terapia. Aguarda los planos y demás instrucciones para la radioterapia, que espera en próximo correo.

Los de Diatermia y Luz-Ultravioleta quedan funcionando.
Los electricistas de la “Compañía Eléctrica” también han cooperado con interés naturalmente.

He preparado mi pasaporte. Una hoja de papel de tamaño de oficio con un retrato. Firmas y sellos. Como había manejado tantos y tantos pasaportes extranjeros durante mi ejercicio como Médico de Sanidad Marítima, me dio pena la simplicidad de presentación de mi documento. Lo hice montar, luego de doblarlo  en cuatro, en una cartulina blanda guarnecida de una cubierta de glasé (piel) a manera de una libreta. ( Se conserva todavía después de 6 décadas).

Más complicado debió ser el arreglo de mi viaje. Había llegado el m/s. “Therese Horn”, un buque nuevo de la línea. Lo capitaneaba un héroe de la guerra pasada, el Capitán Kraphol. Era mi capitán.

En Alemania embarcó el Dr. Jahnke como médico del buque, que traía pasajeros, y carga. El médico alemán desembarcó y yo debía sustituirle abordo, para continuar el viaje hasta el primer puerto de regreso Alemania. Era desde luego un arreglo previo con la compañía armadora: las leyes de navegación permitían que un extranjero fuese oficial-médico; los convenios internacionales de navegación obligan a tener un médico a bordo si hay más de dos pasajeros que llevar. Yo debía ocupar el puesto  y el camarote del médico y así fue mi viaje de ida a Alemania.

Mientras el buque estuvo en el puerto, aproveché para que me presentaran el Capitán y visitar el barco. Así fue y me simpatizó la persona, seria, pero que sabía reír, de mi nuevo jefe. Aproveché también para un viaje rápido, visitar ese noche mi casa paterna y despedirme de ellos con toda emoción y alegría.

En tierra solo permanecí un día más. A penas tuve tiempo para acercarme más al Dr. Jahnke, que no obstante me parecía agradable y afectuoso. Ya del Dr. Timm tenía buen concepto. El me entregó algunas cartas para conocidos de Hamburgo y me dio direcciones para comercios de allá.

Mi equipaje consistió en un baúl de camarote, para llevar la ropa de vestir, y una caja de madera ordinaria, bien hecha, para transportar mis libros de medicina, que comprendía también revistas científicas. El propósito de llevar estas últimas era el de hacerlos encuadernar y colocar las colecciones, si era posible; todo lo cual se logró al cabo.2  La caja de libros fue a la bodega. El baúl al camarote número 1. Me llevé también el portafolios de cuero, con papeles, etc.; el mismo de que me servía cuando era Médico de Sanidad Marítima, en 1920. Completaba mi preparación, una cámara Kodak, con lente R.R, formato postal.

El  “Therese Horn” zarpó el 25 de junio de 1925. Como yo no había viajado por mar al extranjero, la ruta en línea quebrada que el barco iba a emprender, resultó para mi un viaje de “descubrimientos”. Al otro día desembarcamos en Curazao, Antilla Holandesa. La vista panorámica y la entrada del puerto de Wilhelmstad, como se llama la capital, es agradablemente sorprendente, parece una postal europea.

Antes de seguir debo recordar de la vida de abordo. Había además del Capitán Kraphol; el primer oficial, el segundo y un tercero, cuyo nombre he podido conseguir y recuperar por registro de mis postales; K. Gründler, de Altona.
Además estaba el Ingeniero ó maquinista, y un par de Matrosen (marineros). Todos eran muy rubios y amables en el trato, orgullosos de su Capitán.

Venía en el barco un pasajero que contrató el viaje redondo. Un caballero delgado, alto, bávaro, (aunque bebía poca cerveza) muy callado; solo conmigo era locuaz, con su tremendo “dialecto” bávaro, porque quería enseñarme a hablar alemán... Bajé con Gründler a recorrer la ciudad. Me interesaba visitar el Hospital: un gran edificio de dos plantas, con entrepiso de tabloncillos. Parecía todo algo museo.

Había la fama del siglo pasado, de sus cirujanos. De los países vecinos y de aquí de Santo Domingo, iban a operarse los que tenían que operarse. No había tétanos en Curazao, era la fama. (Porque tampoco hay caballos). Curazao es tremendamente seco. Como es Puerto Libre, vive del tráfico marítimo en general. También pasé a la Otrobanda, como dicen, donde está el afamado colegio de señoritas de “Welljeleje”, donde las muchachas de las familias acomodadas iban a educarse.

Precisamente en San Pedro de Macorís, siendo vecino del Gran Hotel hice fiel amistad con las señoritas Chalas, que habían sido alumnas de ese Colegio. Más exactamente las dos primeras, que no la menor. La madre murió dejándola muy pequeña. Vivían con su padre (formando distinguida familia) el ex-gobernador General Chalas, compadre además de mi tía Doña Tuena (Vda. Bermúdez.)
En Curazao busqué en vano el famoso licor de ese nombre.

En Curazao recibimos pasajeros que iban para Alemania, eran una maestra la señorita Gründelach, un maestro el Sr. E. Naut que conocía a Santo Domingo. Venían de Bogotá.

Ahora el “Therese Horn” seguiría su viaje “vagoroso”. Zarpó para Puerto Colombia, en la provincia Atlántica de la República Federal de Colombia.
De este puerto es notable su pier, un muelle que penetra al océano como de un kilómetro de largo: el más largo del mundo. Lo demás es una aldehuela de indios cristianizados.

La estancia en este punto se prolongaría  por unos 9 o 10 días.
El señor Naut y yo acordamos trasladarmos a Barranquilla, la ciudad colombiana más próxima; unida por un ferrocarril a Puerto Colombia, con itinerario fijo y una “chiva” ferroviaria con viajes intercalados. La ciudad es la segunda de Colombia. Tendría unas 30,000 almas (como nuestro Santo Domingo) pero francamente atrasada.

Nos instalamos en el “Hotel Central”3 que podría compararse al antiguo Hotel Francés de Mme. Gazon, frente a mi abuela en la Arzob. Meriño. Situado en el “Camellón” larga e importante vía principal de Barranquilla. Nos quedamos unos días en el Hotel, para cambiar de “dieta”, y bañarnos en la ducha, a placer. Recorrimos calles y carreras, aprendimos algunas palabras colombianas y modos de decir. Chivas son guaguas. Carreras son calles atravesadas, etc.

4Barranquilla está a orillas del Magdalena, cerca de las Bocas de Ceniza, especie de delta o barra. Aquí las mismas canoas de indios del Ozama, cargadas de productos naturales, frutas, etc.

Hay vaporcitos que suben el río hasta Giraldot. Más allá no es navegable: es menester recurrir al aeroplano para llegar a Bogotá. La línea colombiana fue la primera de la aviación en América. La cerveza colombiana, clara y fresca la encontré excelente. ¿Por qué no la podemos tener allá (en S. D.)? me preguntaba yo.

La máquina del Buque había sufrido una avería cuando venía de Europa a Santo Domingo, por el efecto de los vientos y las olas. Una tapa de cilindro se había roto. Antes de salir de Curazao, el Capitán se había comunicado con los armadores. Había que volver a Curazao Willemstadt, para recoger instrucciones radiotelegráficas. En la ruta, el maestro de escuela había hecho notar que el ritmo de 6 tiempos de la máquina, fallaba en el 5o: así, en vez de ta-ta-ta; ta-ta-ta, decía Cy-lin-der, Deckel-puf; (Deckel es tapa). Con ese ritmo veníamos, con el seguimos...

Volvimos pues a Willemastadt, y allí se recibieron noticias e instrucciones de que la pieza que hacía falta reponer estaba de camino y que llegaría a Puerto Plata, con el barco de Horn que la dejaría en ese puerto en tal fecha. Haciendo rumbo a Puerto Plata, por el canal del viento, al llegar a Puerto Plata se repondría la pieza ó tapa del cilindro dañada.

Así fue; a ritmo de 6 tiempos, ahora!  Llegamos a Puerto Plata. Se compuso la máquina y zarpamos... para Santo Domingo, porque entretanto allí había carga y pasajeros que recoger.

Era el 14 de julio, temprano y con alegría fui del muelle a casa a saludar a los míos. Y aproveché para llegar al atardecer a San Pedro de Macorís y pasar la noche descansando y abrazando de nuevo a los que me esperaban... Dormí en un cuarto privado (#2) del Hosp. San. Antonio, cerca de la sala de operaciones. Cuando por la mañana temprano llegó la nurse Juanita P. De Correa, se sorprendió al encontrarme; alegre sorpresa.

Regresé a mi barco; El Theresa Horn había recibido 3 pasajeros: el Dr. Fernado Alberto Defilló, su yerno el Dr. Arturo Peña Battle y el Dr. Carlos Regús. Feliz encuentro, los 3 para París, en viaje de estudio. El 16 al amanecer zarpó el Theresa Horn. Don Carlos Naut desembarcó en Puerto Plata. El bávaro seguía con nosotros y los dos maestros colombianos también. ¡Feliz viaje! Era la fiesta de N.S. del Carmen: 16 de julio.

Rumbo al este con buen tiempo: mientras el barco va alejándose al nuevo médico a bordo, y todos los pasajeros se acomodan, sobre la cubierta, en sillas de tijeras, disfrutando la brisa marina. No  obstante, horas después al cambiar el rumbo para pasar por el Canal de la Mona, el médico se retiró y lo mismo el Lic. Peña Battle, que ya se sentía mareado.

Llegando al Océano Atlántico, dejamos atrás la Isla de Puerto Rico. El tiempo seguía bueno y los marineros montaron sobre la tapa de la bodega de proa, una piscina; con tablones ya praparados que se unían herméticamente al armar el coroto. ¡Magnifica idea! En esta piscina, que llenaron con agua de mar, se bañaban los tripulantes, a la vez que ejercitaban los músculos haciendo piruetas, zambullendo y tirándose al agua. La utilizaron durante toda la travesía oceánica.

Las horas pasaban y también los días. Todo parecía tener un ritmo, como parecen tenerlo las olas, azulísimas, de las profundidades que atravesábamos, proa al Viejo Continente. A bordo, se cambiaban las guardias. El ritmo de los motores no cambiaba.

A medio día se reunía el Capitán y sus dos oficiales subalternos, para hacer las observaciones. El cronómetro, el sextante, mapas, etc. Luego daban la posición en un mapita mural, y anotaban el número de millas marinas recorridas en el día. El mayordomo tenía con esto un “juego de bolita”, que algunos seguían, al paso que otros nos jugábamos la cerveza o el aperitivo. Había que corregir la hora. Hay que adelantar el reloj.

Al cuarto día de nuestro viaje en el océano abierto, atravesábamos el Trópico de Cáncer, círculo que limita al norte la Zona Tórrida del planeta. Los marineros ya estaban preparados desde temprano y presentaron a medio día, una mascarada de disfraces antojadizos. Es tradición de los tripulantes celebrar de este modo el cruce de los paralelos astronómicos, los Polares del mismo modo, también el Ecuador. El círculo ártico, al norte, limita la zona glacial; entre ambos Ártico y del Cáncer, señalan la templada del norte o Septentrional.

A bordo, teníamos también un salón de recreo, se podía jugar a las cartas, con barajas alemanas, y al Dominó -Steine (piedras) en alemán- las fichas tienen  hasta nueve puntos. También tiene el Ajedrez-Schacht.
Para salir del paso, suelo jugar dominó de 6 puntos. No entiendo la contabilidad. “Pero mato el tiempo” como se dice, y hago sociedad.

En la biblioteca del barco, había novelas: me conformé con mi gramática alemana. Todavía no podía más. Muy gratificante me resultó el gramófono. Había un surtido de discos, para todos los gustos: orquestas, óperas, bandas; valses y marchas, canciones y bailables de moda.

En el barco de sirve la mesa hasta 4 veces al día. Desde luego, conforme a la dieta marina alemana, a base de conservas. Pan blanco y pan negro. Varios quesos, algunos palatables, y buena mantequilla, para preparar tapas que se sirven con té, ó café... con leche. Muchos y variados embutidos (Delicatessen). Crema no falta. La sopa de verano es de frutillas, se sirve fría, etc. Para el que está mareado, hay un pot. Al fin el estómago se conforma y pide que le echen algo.

La necesaria estrechez de los barcos, dificulta el ejercicio, tan necesario aquí para suplir el habitual ir y venir al trabajo. El Dr. Defilló nos repetía el dicho latino: post coenam, sestare; post pranso mil pasos dare.

Cuando el tiempo lo permite, por las primas noches, subimos a dar los mil pasos necesarios, (pero sin llevar cuentas) sobre la cubierta del buque.

Primero me llamó la atención el despejo del cielo al pasar a la zona templada.
Después el tiempo se descompuso un poco, lloviznaba mucho y hacía muchísimo frío. Los pies se me enfriaban, casi no podía resistir en la cubierta. Me puse un chaleco de lana: el calor de adentro mal compensaba el frío exterior: el océano es frío en verano también, era Julio sin embargo. No valían tragos.

Cielo y mar, por días. El Mar de los Zargazos, vasta región cubierta de fucos y algas gigantes, se deja reconocer. El bávaro pidió que lo llevaran en un bote para verlo de cerca.

Los tripulantes vestían, todos, sus uniformes azules ultramarinos. Se veían muy bien. Porque se acercaban a sus casas, lucían alegres.

Ya cuando nos acercábamos a Europa vimos en lontananza un barco que parecía alejarse hacia el sur. “Ni un ave volaba... ni oiase rumor”...fuera del ritmo invariable a seis tiempos de nuestra máquina.

Entramos en el Canal Inglés, La Manche. Pero era imposible divisar costas. Densa neblina lo ocultaba todo. Buques, si pasaban cerca podían reconocerse. De noche los buques, faros y luces apocadas, se veían de cuando en vez. Pero la temperatura no era agradable en la cubierta.

Cuando ya nos acercábamos a la costa de Gran Bretaña, aclaró el cielo. A la distancia el paisaje, lleno de casitas y plantas verdes, (así a lo lejos) me recordaba los adornos de un árbol de Navidad (que ya empezaba a propagarse entre nosotros) en pintura...Llevábamos más de dos semanas sobre la mare profunda. Que alegría era ver tierra. En las noches las luces sobre el fondo negro de la obscuridad relucían como estrellas; la entrada del Támesis era sorprendente.

Por fin, después de 19 días de navegación, sería el jueves 6 de agosto5 se nos remolcaba a un muelle de Londres llamado Charlton Buoys (boyas).Así sonaba el nombre a nuestros oídos y así lo entendían los conductores de vehículos públicos. Fue entonces cuando el Lic. Peña Battle pudo volver a ver luz. El mareo no lo había dejado en 18 días. 6

En Charlton Buoys debía permanecer nuesetra nave, en operaciones de carga y descarga, durante 5 días más. Desembarcamos temprano y el grupo se dirigió a un restaurant próximo. Decoración mobiliariaria y clientela de mareantes (y mareados). Nos desayunamos con un café y lo demás.

El Dr. Defilló y su yerno Lic. Peña Battle lo mismo que el Dr. Regús, tenían por meta París. Resolvieron tomar pasajes para Francia ese mismo día y se separaron después del desayuno no sin antes visitar a la peluquería del barrio, donde cada uno ocupó un asiento exponiendo la cabeza a los tijeretazos del Fígaro. El servicio me costó 15 peniques, creo.7 El próximo paso fue darnos un baño de limpieza. El Cap. Kraphol me acompañó al Baño Turco de Nevill. Allí nos sometieron a un baño de aire caliente hasta sudar; enseguida nos metieron en una ducha fría, automática; impresionante; y tembloroso de frío una caliente; luego fricciones de toalla; me tumbaron en un camastro (?) y me dieron una tasa de té caliente, grande; luego me arroparon por largo rato.

Entonces limpios como bebés, salimos.  Montados otra vez en enorme guagua (motor bus) de dos pisos, a la dirección de los agentes de Horn. Conversó un rato el Capitán y en la casa Cook próxima, me armé de una guía: Handbook to London de Cook. Cambiamos dineros y el Cap. Kraphol, me llevó al Parque de Wembley. Cruzamos por la City de Londres, mirando a diestra y a siniestra desde el teatro de otra guagua; hacía buen tiempo y nos entrevistábamos (yo contemplativamente) .

En Wembley estaba la British Empire Exhibition -enorme exposición- para demostrar lo potente que era el Imperio, después de la Guerra Europea (14-18). Era realmente una Exposición Universal. Sin igual me encontré las afamadas estatuas “antiguas”, hechas con mantequilla  en el pabellón de Australia! ¡Que alarde! Quintales de mantequilla modeladas como arcilla plástica! Visitamos Wembley el lunes 10 de agosto (1952). Me sorprendió agradablemente lo clara y largas que eran las tardes en el paralelo 50o.

Habíamos lonchado en uno de los muchos restaurantes londinenses. Regresamos a las Boyas  como a las siete de la tarde. En la nave anclada nos aguardaba la cena. Cada día, durante los cinco de permanencia en puerto, salía después del desayuno a visitar la Ciudad, sus museos y sus monumentos.

El primer museo que visité fue el British Museum. ¡Que inesperado encuentro con el Toro de Korsabat, a la entrada del museo!

Con mi guía en la mano, visité Londres a pié casi todo.
Traté de hacer un plan de los días de visita; por las mañanas, museos y edificios locales; por las tardes jardines y paseos. Regresaba en uno de los muchos motor bus, desde la Oxfordroad, hasta cierta esquina que bajaba a Charlton Buoys.

Sucesivamente mencionaré los sitios que marqué entonces en mi Guía Cook:
Westminster Albey-Abadia donde reposan reyes, poetas, científicos británicos, desde hace siglos; y se coronan los reyes.
Palacio de Westminister (Houses of Parlament),
Palacio de Buckingham, residencia real (exterior), St.Paul's Cathedral; la célebre Catedral, con más alternativas históricas que cualquier sitio venerado el mundo: tumba del héroe nacional Wellington y antes de Nelson. Concierto el 9 de Agosto.
“The Bank of England”, la famosa “General Post Office” y el “War Office”, todas de paso.

Mas detenida fue la visita a la “National Gallery”, la principal galería de arte en Gran Bretaña.

Una colección que me impresionó mucho fue la del Museo de Historia Natural (en South Kensington). Tiene un esqueleto de un mastodonte (y otros grandes mamíferos y reptiles fósiles) que ocupa la planta baja, en gran parte, desde la entrada. Gocé mucho allí lo mismo que en el (British) Británico.
Pero con mi guía en la mano visité piso por piso esa gran exposición y escuela de historia. Necesité repetir mis visitas, en días sucesivos, porque hay salas que sólo abren en ciertos días de la semana.

La sala de la momias egipcias no tiene igual en ningún otro museo.
En el piso más alto, la exposición es de objetos chinos. Cuantos vasos en jade, no sé, no sé. En cada sala, ante cada pieza, mi visita era detenida: como si jamás volvería a tener la oportunidad de esta contemplación. Tanto habían esperado mis sueños de conocer la civilización, que pintaban en pálidas imágenes los libros de mis estudios.

De mis últimas visitas tengo el recuerdo del Hospital de Greenwich -un museo- ya no tiene uso como hospital.

Empero, tuve ocasión al regreso a Londres, de pasear bajo el Támesis, en uno de sus famosos túneles que sirve a los tranvías y ómnibuses: a las 9 p.m.

Como durante la permanencia en el atracadero, hubo un día 8domingo aproveché para visitar la Catedral de San Eduardo, Westminster Catedral, la Católica Metropolitana. Oí misa y comulgué. Luego de la misa, recorrí el templo y subí a la torre. Fue para mí, después de unos 200 escalones, una asombrosa sorpresa, contemplar a Londres desde este mirador: “una sábana cubierta de casas y edificios” me dije y lo escribí a casa: inolvidable, “hace horizonte”...

La visita a la “Torre de Londres”, no podía faltar. Los diamantes, cuya historia había leído yo de muchacho en “hojas selectas” (una hermosa revista editada en España, años ha, cuando Alfonso XIII reinaba) los “Diamantes de la Corona”, el Cullinan, el más grande de ellos, y tantos otros tesoros reunidos en un cuarto especial, son vivamente recordados siempre: “La Regalía”. La Torre fue escenario político de muchos sucesos históricos imperecederos. Allí hay hasta restos de la época romana.

Durante los cinco días, el tiempo fue brillante. Nada de tiempos nublados y días grises que afean los viajes. La mala fama, no es verdad: es mala. Londres me impresionó como una ciudad bella.



Equivalencias monetarias

U.S.   4.80=1 libra esterlina= 20 chelines=240 peniques.
U.S.   0.24=1 chelin=12 peniques.
U.S.   0.02=1 penique


El último tramo del viaje será hasta Flensburg en barco y después hasta Hamburgo en ferrocarril.

9Zarpamos del arrabal de las Boyas de Charlton con buen tiempo, rumbo a la península de Jutlandia, qué debíamos doblar para acercarnos a Flesburgo, en el istmo. Salimos al Mar del Norte, cruzado muchas veces por embarcaciones de todo género. Las costas de la península tienen un perfil característico. Como la tierra es llana, sin montañas, se destaca a lo lejos, una tierra, un canto blanco amarillento, cubierto de una capa verde.

Al segundo día de viaje, estabamos en el Skagerrack; la tripulación, llegada nuestra nave a cierto punto, formó en fila, para saludar el sitio en que batallaron los marinos alemanes contra los ingleses, en la guerra del 1914 a 1918. Las máquinas del barco silenciaron... A poco se continuó la marcha.
Al tercer día entramos en Canal Kaiser Wilhelhem II. Una obra de ingeniería que permite atravesar el istmo y desde el Mar Báltico, donde ya estábamos, pasa al lado bañado por el mar del Norte, donde está Flensburgo, nuestro punto de desembarque en tierra firme.
Temprano, el 15 de agosto (1925)10 pisamos tierra. La Srta. Gunderlach, llegaba a su casa, a corta distancia del desembarcadero.

Mis obligaciones con el “Frida Horn” habían terminado; me advirtió el Capitán, después de darme las gracias. Me despedí de él y entregué al III oficial mi cargo de médico del Frida. Karl Gründler, el servidor atento y oficial menor, me dio las instrucciones para tomar el ferrocarril. Al anochecer llegaría a la Estación Principal de Hamburgo, luego de pasar Altona (donde él vive) y Damtor. Tomé nota. Mi equipaje seguía abordo. Sería  desembarcado en Hamburgo. Ya recibiría aviso, al salir de la estación, continuó diciéndome, suba en el tranvía “Línea 24”, que lo dejará en la puerta del Hospital General de Eppendorf.

Todo puntualmente hecho. Había anochecido cuando llegué al hospital y el portero me  indicó cómo llegar a la casa del Director Prof. Rudolph Brauer, con quien ya se había comunicado por teléfono! Y me esperaba!

El Prof. hablaba bastante español para entendernos. Estaba todavía a la mesa, con su señora y un joven, hijo. Presenté mis respetos. Creo que hubo buena impresión de ambas partes. Mandó servirme una tasa de café con leche y unas tapas.

Luego de unas llamadas telefónicas, desde el aparato que tenía sobre la mesa, me encaminó al edificio en donde debía pasar la noche y descansar, hasta el lunes. El edificio era la Augenklink, (Clínica Oftalmológica). A esas horas, allí me recibió una vieja, simpática, que quería hablarme en inglés, al saber que yo era de apellido Read (y americano).

Como realmente había sido inesperada mi llegada a esa residencia, ella cumpliendo instrucciones, me acomodó para que durmiera en una habitación donde había una cama para adolescente. Bastante grande para mi corta talla, yo descansé de mi largo viaje por tantos mares y países. Grette, tal era el nombre de la patrona de la casa, me saludó afectuosamente con un good night!.

A las 7  de la mañana estaba yo en pié, camino del cuarto de baño. Con cierto asombro, Grette se dio cuenta de que yo estaba en la ducha, rociándome abundantemente. (Como lo hacía el Hospital San Antonio).
Ella preparó el café y ya al salir yo del baño me sirvió, Kaffe, Kreme und Brötchen, para mi primer desayuno. Asombrada ella, decía ¡el “doctor americano”, se metió bajo la ducha a las 7 de la mañana!. Así lo comentaba la buena señora mientras buscaba una habitación para que yo pasara el día domingo (y por cierto 16 de Agosto). En esa diligencia, le comunicó mi llegada al Dr. Emilio Nuñez, un médico argentino que habitaba en esa clínica. Vecina al cuarto del Dr. Nuñez, estaba el del Dr. Inda, otro médico argentino, que estaba de vacaciones y regresaría el lunes. Así fue. Ya el lunes se me acomodó en otra habitación donde quedé instalado de un todo.

No obstante, pude aprovechar el domingo, para visitar al Sr. Cónsul General Dominicano, que lo era 11Don Lico Gautier, y también me relacioné con el Sr. Cónsul de Argentina Don  Oyharnarte, que resultaba ser hermano del ex-presidente de Argentina. Antes de yo salir a la calle, ya Don Lico me había llamado por teléfono, desde la casa de Oyharnate, donde estaban reunidos con el Dr. Nuñez que les dio la nueva de mi llegada. No era distante del Hospital, en el mismo barrio de Eppendorf y llegué fácilmente. Más todavía, nos felicitamos recíprocamente, porque en el mismo vecindario estaba la familia Rosemberg-Moya, ella dominicana y, con motivo de la fecha, nos reunimos todos. También se12 presentaron sudamericanos: el Lic. Inchusindagne, uruguayo, graduado en Derecho Administrativo, vicecónsul uruguayo, y el propio Sr. Cónsul de Uruguay O.Basigalúz Luisviela. La señora del Cónsul Oyhanarte era una rubia argentina, que parecía una alemana, hablaba perfecto y se había educado en Hamburgo desde niña. Estaban allí también las señoras de los cónsules casados presentes.

La casa del Cónsul Oyhanarte se hizo familiar para todos. Don Lico estaba solo.
El Dr. Emilio Nuñez y yo nos hicimos muy buenos amigos, me ayudó en el conocimiento de Hamburgo y de las costumbres allí. Estudiaba Dermatología en el Servicio del Prof. Unna, muy célebre y sabio Profesor.   







                En Eppendorf, Hamburgo 20


El  lunes por la mañana, me reuní con el Prof. Brauer y varios asistentes en el Pabellón de Dietética y Nutrición, guiado y acompañado por el Dr. Edo, Müller, encargado de ese pabellón. Fui presentado y tratamos de intercambiar frases. Recorrimos la Estación, con enfermos de uno y otro sexo, en sendas salas. Luego atravesamos el jardín con el Prof. Müller y me llevó a la patología que todavía funcionaba en un viejo local, con mesas de autopsia de madera y otras “incomodidades”.

Estaba de vacaciones el Prof. Fahr. Lo representaba el jefe saliente y gran maestro Prof. Eugen Fraenkel, gran bacteriólogo y gran patólogo. Me presentaron al asistente (segundo del Prof.) Dr. Rudolf Leuchtenberger, que se alegró al saber que representaba yo al Dr. Jahnke, de viaje en San Pedro de Macorís, merced a un intercambio con el Hospital Dominicano. También fui presentado a la Srta.Kirchner, la técnica ayudante del Prof. Fahr, que había trabajado con él durante largos años. La Kirchner tenía interés y conocimientos de español y de vacaciones había viajado por España. Nos hicimos buenos amigos. También me presentaron al Dr. Erich Staudt, muy activo y que había viajado por el mar del Sur durante la postguerra. Me asignaron un puesto junto a él en la sala de Histopatología, en donde trabajaban unos 12 ó 14 médicos y técnicos mas.

Entre los Doctores,  a las cuales me presentaron, estaba la Srta. Dra. Siebert hija del Señor Director Administrativo de Eppendorf, la señorita Dra. Lau y la Srta. Zippel, técnica múltiple, (víctima de la parálisis infantil). El Dr. F. Rimek trabajaría a mi lado.

A las 2 de la tarde, se sirve la mesa, en el Casino Médico. Ya tenía mi puesto asignado, junto al Dr. Nuñez. Éramos huéspedes en el sentido alemán de este vocablo. Fui con él, saludamos al presidente de la mesa Dr. Ch. Leblanc (el era de Colonia) quien con breves palabras me presentó a los demás presentes. También estaba a mi lado el italiano Dr. Damatto, radiólogo. La mesa en forma de U tenía como 50 ó 60 puestos. Pero no todos eran puntuales, aunque la falta sin motivo, era multada con la suma de 20 Pfennig. Que el ausente pagaba conforme: era formado un fondo común para comprar vinos! Desde luego, uno podía dejar su trabajo, ir a comer a las 2 y volver al trabajo, hasta la hora que uno quisiera.

El primer desayuno se tomaba en el cuarto, Grette nos sirvió en una bandeja, café, crema o leche, panecillos (2) y mantequilla. Todos los días, siempre igual (ah! Y mermelada o miel de abejas). Ella también se ocupaba de la ropa para lavar, etc. Conocía la ciudad, como nativa quien era y muy despierta. La hora de cena era a las 7 P.M. y como estábamos en verano, resultaba con los últimos rayos de sol todavía, el ir a la mesa. La cena era generalmente simple: té, pan, mantequilla y diferentes embutidos. Había también un segundo desayuno como las 10 u 11 de la mañana, muy informal. Lo dejé muchas veces por que “no tenía 2 estómagos”...




Tomado Del Libro: Hygiene u. Soc. Hyg. in Hmbg. Pag. 146-(L.Brauer/1928)
El Hospital General de Eppendorf tiene:

2817 camas-de las cuales 2400 ocupadas.
Comprende: 5 Clínicas Médicas
                     2 Clínicas Quirúrgicas.
                     6 Clínicas de Especialidades
                     otras 9 secciones é Institutos
Personal:    20 directores (jefes), 17 segundos y 64 asistentes.



Veamos la vida en el Instituto de Patología. Primeramente, provisto de un microscopio, que se guardaba como los demás al terminar la labor del día, en sitio numerado, me presentaron 3 preparaciones para mi clasificación, hígado, riñón y glándula (salival) una cuarta, tiroidea; con lo cual ya sabían, lo que yo sabía.

El Dr. Staut tenía muy bien dispuesto el depósito de los reactivos y colorantes. Laminas y laminillas, a granel. Una sirvienta se ocupaba de lavar láminas usadas, que se empleaban para autopsias. Las piezas quirúrgicas se preparaban con láminas nuevas. Pedí que me dieran material tomado del cadáver de algún caso y lo sometí según las instrucciones y usos del Instituto. Tenía instrumentos a mi disposición. Tanto de alcohol -dos pases- tres pases-absoluto, xilol; parafina -dos pases; hacer el block, enfriarlo y cortarlo, según las reglas de la casa.

Observé los detalles usados para el corte al micrótomo y preferí el de rieles. Era el usual. Mientras me puse a ejecutar la técnica en el micrótomo de congelación: aunque era nuevo  para mí, me desempeñé muy bien. Se dieron cuenta de que yo era un entendido en laboratorio. Me puse a trabajar.

Durante la primera semana, pasé las horas de"sección” mirando la manera de manejar el cadáver, los cortes, separación de partes, etc. Dos médicos hacían una autopsia. Mientras uno cortaba, dictaba al segundo para llevar las notas.

A veces había muchas autopsias, el que había anotado ahora cortaba en su segunda y el otro anotaba. Yo empecé anotando a mi manera. La señorita Kirchner, se dispuso a traducir mis notas, como ejercicio de español y yo de alemán. El Dr. E. Staudt me facilitó un esquema, en alemán y yo con esfuerzo, lo seguí y pronto adelanté. Cuando no podía le pedía allí mismo a otro que me describiera el detalle. Poco a poco perfeccioné el trabajo. Y hubo veces de tener que hacer, yo solo, tres autopsias con todos sus requisitos, con solo algunas faltas idiomáticas.

El asistente Leuchtenberger, me llegó a tomar afecto, veía que yo era trabajador y competente. Mí técnica histológica se perfeccionó pronto y a los pocos meses, se dio cuenta de ello. Lo mismo el Prof. Fahr, a quien todos los días de la semana le presentaba algunas praparaciones de casos quirúrgicos, despachados rápidamente antes de 48 horas, y bien preparadas.

La Srta. Luise Zippel manejaba el aparato de microfotografía; me interesé para aprender con ella los trucos de esa técnica. El que tenía el Instituto era el mismo aparato de Zeiss, completo, que figura en el catálogo de Adnet que yo conocía “en retrato”. Ella era una técnica fotógrafa muy buena, sabía y me quería enseñar. Se lo agradecí. (A la Srta. Zippel le gustaba la música y el teatro. Por razones idiomáticas yo me aboné al teatro Talia, de la Comedia de Hamburgo, y conservé siempre mi abono. A veces le cedí mi boleta. Ella me conseguía especiales en ciertos conciertos.)

Había dos campos de la Bacteriología muy bien desarrollados en Eppendorf. Los sin iguales trabajos de Fraenkel, siguiendole los pasos a Pasteur en los  anaerobios y en la bacteriología del cadáver, era uno. El otro era el de las enterobacterias13 desenvuelto por Schottmüller. La Zippel tenía la Bacteriología en el Instituto como su materia. Creo que allí comprendieron también la preparación del intercambiado. Los métodos eran muchos completamente nuevos para mí, pero supe asimilarlos pronto.

Mis primeros trabajos de investigación los hice con el Dr. Staudt. Adquirí con ellos destreza en los cortes por congelación. Buscábamos relaciones histopatológicas entre las glándulas sudoríparas axilares y las glándulas mamarias. Estas y aquellas están ya embiológicamente relacionadas. Hicimos centenares de cortes histológicos, coloreados con Sudan III y hematoxilina Delafield. Logré desarrollar una técnica finísima.

Los cortes por congelación también eran sometidos a las técnicas duraderas ó perdurables con eosina y otras, en ciertos casos. Estos cortes se tratan de manera diferente: tacto y paciencia.

De todos mis casos, a ser posible, guardé preparaciones. Llené varias cajas especiales. Colecté aparte las preparaciones de (casos) para diagnóstico quirúrgico. Colecté muchas preparaciones, en otras series de autopsias. De todos los órganos y  diversas enfermedades. Muchas preparaciones hice con la técnica de impregnación con plata. Unas del sistema nervioso, otras de hígado fetal sifilítico, muy hermosas.

Seguí el curso de Histopatología que le Prof. Wolhlwill hizo para los alumnos de la Facultad de Medicina. También el Asistente Dr. Schilling hizo demostraciones de anatomopatología gruesa -para los de odontología.

Aprender bien el idioma alemán era asunto perentorio, oírlo y hablarlo, por una parte; leerlo y escribirlo, por otra parte. La gramática, aunque a veces muy lógica, demasiado sometido a reglas - la declinación es el escollo mayor, pues todo se declina, en singular, en plural, en nominativo, acusativo, dativo y genitivo, a veces conforme al uso! Por cierto son muchos los nativos que cometen errores. Es que ellos como nosotros, tienen que aprenderlo en la escuela. Todos van a la escuela, es la contrapartida.

Un profesor, mayor de edad, que había enseñado en un liceo de Méjico, y que vivía ahora de hacer traducciones, me ayudó mucho. Tenía 2 horas de clase 2 veces por semana: El señor Alfred Brown. El buen decir, la pronunciación clara, de los sacerdotes, en la homilía dominical era útil: uno conoce el tema y eso ayuda mucho a entender. El habla evangélica es más variada que el de la cátedra de medicina y ciencias.

En Eppendorf14 había una Librería que abría 2 veces por semana: Agencia de una ‘“Antiquaria”, suministraba, además de obras de medicina, libros de todo género. Aquí compré una gramática de las que usan en las escuelas: todo en alemán para los alemanes, con muchos ejemplos.

De todos modos, los primeros 6 meses fueron difíciles. Esta circunstancia prolongó mi permanencia en el Servicio del Prof. Fahr por mas de un año. No hubo tiempo perdido en esto: al contrario, nuestra preparación en Anatomía Patológica era deficiente en todo momento. Además tenía que hacer primero diligencias para mi ingreso a la Universidad de Hamburgo y la escolaridad necesaria, antes de poderme presentar a exámenes, para obtener el titulo de Doctor en Medicina de la Universidad de Hamburgo.

Mi inscripción la solicité, luego de presentar traducción de todos mis certificados y del diploma; luego de presentar, como extranjero, un certificado del Cónsul General, declarando que yo tenía recursos económicos propios que me permitían sostenerme durante mis estudios, dignamente.

Entre tanto había vencido la fecha y tuve que hacer una inscripción extraordinaria. La inscripción es un acto solemne en las universidades alemanas. Me citaron una mañana a las 11 a.m., un día en que por cierto había caído bastante nieve y hacía frío. Me presenté según instrucciones verbales habituales, vestido de smoking con guantes y todo, a la oficina del Decanato. Encontré allí a una señorita que también se inscribía extraordinariamente, alemana, vestida de negro, largo, escotado y con guantes. Nos hicieron pasar al despacho del señor Rector -El cual nos saludó, felicitándonos por nuestro ingreso, agregando que esperaba de nosotros el mejor cumplimiento de nuestras obligaciones en nuestra Universidad, etc. Un apretón de manos, choque de tacones y se acabó el cuento. La Srta. ingresaba a la Facultad de Leyes, yo a la de medicina.

Adelanto, a la hora de la graduación no hay Investidura Solemne, ni más nada. Solemne es la inscripción; el ingreso, no la salida.

Observación: los derechos a pagar no son exagerados. Tampoco los emolumentos por cursos y materias que se pagan por semestres, a su debido tiempo.
Otra cosa: el tema de la Tesis de graduación va mencionado en el Diploma Doktor-Brief (Carta de Doctor).

Mis estudios del alemán me permitieron leer, con la ayuda del maestro, el libro de las conferencias que el Prof. Ludwig Aschhoff había pronunciado en la Soc. Japonesa de Patología: “Vorträge über Pathologie" , que estaba de actualidad. También leímos una novela “Suso”, en la que aparece un sujeto embelesado.

Vecino de Eppendorf era la familia Harms. Un día de San Silvestre, así se llama la fiesta de víspera de año nuevo, conocí en el Conservatorio (Kurio-Haus) a esta familia, padre y madre, hijo e hija, cuando celebrábamos con G. Inchusindagne y otros latinos y alemanes - Dr. Arthur Heim- la tradicional noche vieja. Nuestra amistad se estableció desde entonces. La hija Clärchen estudiaba Comercio. Quería aprender español (y yo alemán). Nos combinamos para estudiar y llegamos a atrevernos con el “Fausto” de Goethe, comparando texto original y traducción castellana.

Andando el tiempo y Cupido con ellos, Inchusindagne casó con Clarita y se fueron a vivir a Montevideo. Hemos mantenido correspondencia. El esposo, amigo que deploro todavía, fue víctima de un cáncer al cerebro. Ella permaneció en Montevideo, donde eran estimados los dos.

Volviendo al tema, también he traducido algunos capítulos de otra novela de bolsillo. Die Erbe der Stubenrauch. (La Herencia de los Stubenrauch). Esto como simple ejercicio de traducción. No perdía ocasión de desarrollar mis conocimientos y práctica del idioma.

En Hamburgo se reunía todos los miércoles de 8 a 10  p.m.la Sociedad de Médicina alternando con la Sociedad de Biología. Las conferencias eran breves y múltiples es cada sesión, porque siempre había material abundante de qué tratar. La diversidad contribuía a mantener activos muchos capítulos, que de otro modo no se moverían en el acervo personal de muchos. En las conferencias de las sesiones biológicas, no se narraban casos clínicos. Empero cabían todos los temas científicos, y hasta históricos de la medicina.  Las sesiones se celebraban en el centro de la ciudad, en el edificio denominado, Patrioten Gebaüde por razones de la historia de la ciudad.

En el Hospital teníamos los sábados primeros del año, cada mes. El Prof. Brauer y la esposa, invitaban a las señoras de los casados, que eran contados, y de los otros Profesores; se reunían en la residencia del Director, cuya morada era hermosa residencia, con jardines dentro del terreno.

También constituía para mí un motivo idiomático, la homilía del sacerdote, los domingos en la iglesia católica. Generalmente aprovechaba la misa de las 11 a.m. en la Iglesia de San Miguel, la pequeña, Die Kleine Michaelis Kirche, que era la catedral católica de Hamburgo. En ocasiones asistía a la Marien Kirche, de unas monjas; situada en el centro, igualmente, con un coro bien afinado.

Mencioné de pasada la palabra nieve (pág. 66). La primera nevada del año 1925 fue en Octubre 19, “muy temprano”  decían los paisanos. Fue para mí un espectáculo impresionante. Todo el que de nuestro clima ha contemplado su primera nevada, recibe una sorpresa...

En el otoño de ese año, se reunía la Sociedad Alemana de Patología (Deutsche Pathologische Gesellschaft) en Friburgo de Brisgovia (Freiburg in Breisgau) , de la cual es miembro el Prof. Fahr; le acompañaría el Dr. Leuchtenberger y yo como invitados. Nosotros saldríamos la antevíspera y le esperaríamos en Friburgo.

Al efecto fuimos a la Hapag (Hamburgamerika Paquebotgesellschaft) que vende pasajes para todo el mundo, a proveernos de los boletos de ferrocarril: de segunda hasta Frankfurt del Meno, donde había que cambiar de tren, y de tercera hasta Friburgo. Es corriente viajar en tercera clase en Alemania (hay también cuarta en los ferrocarriles) pues solo funcionarios y ricachones viajaban en segunda; sobre todo en las líneas hacia el Sur.

También adqurí una Guía de Alemania completa, de Baedecker, para en próximos viajes tenerla a mano.  La tavesía para mí resultó muy ineteresante. El tren sólo hace breves paradas, en Gottinga, Cassel, Giessen, hasta Frankfurt.

La campiña lucía multicolor en el Otoño y el paisaje de la llanura, con montañas lejanas, era atractivo sobre manera para mí.

Cambiamos de tren aquí y seguimos sobre Darmstad, Heidelberg, Karsruche hasta Friburgo. Ahora el paisaje es montañoso. Entramos en la “Selva Negra”, donde los pinos ó abetos son multicentenarios. Se dice que algunos troncos son de la época de Cristo N.S.

En Fiburgo recibimos a nuestro Prof., a quien acompañamos todos los (3) días que duró el Congreso. Lo presidía el Prof. Gohn. Asistieron patólogos de toda Alemania, Austria, de Hungría y de algunos americanos. El Prof. L. Aschoff era, como friburgués, el anfitrión. El local: la vieja Universidad. Recuerdo que en la puerta del instituto que da a la sala de necrosis se lee: mortem docete vivos.

No haré crónica del Congreso. Todavía mis conocimientos lingüísticos eran insuficientes para una apreciación total suficiente.

De mi visita a la Ciudad de unas 80,000 almas, que me fue muy agradable, referiré lo impresionante de una bella catedral gótica, de la edad media (1.301) y particularmente de su hermoso órgano, que no tuve ocasión de oír, pero ese famoso por el número de sus registros. El templo es todo de ladrillo rojo, brillante la luz del sol. Desde la alta torre la vista es hermosa.

Después del Congreso, el Dr. Leuchtenberger me invitó a conocer algo de la Selva Negra.Salimos a visitar el Titisee, un lindo lago de montaña, con una aldehuela, donde Leuchtenberger tenía una familia conocida, de su época de estudiante. Dormimos en la casa, agradablemente acogidos, y por la mañana salimos para las montañas en ferrocarril. La Srta. trataba a mi amigo de Rudolf y él a ella de Luise. El objeto era subir al Feldsberg, la montaña más alta de la sierra. Desde lo alto (1.500m) se divisan los Alpes y las Montañas de los Vascos, limitantes con Francia. Buen paseo.

Nuestra próxima parada en la ruta de Baden, fue el balneario de Baden-baden. Algunos dominicanos lo conocían, porque en la época de fin de siglo, era famosísimo lugar de veraneo, de Reyes y nobles y ricos de entonces.

Además de visitar la casa de curaciones, con las fuentes termales, que ya conocían los antiguos15, hicimos un paseo memorable, en un coche Victoria. El auriga nos hacía historia de los puntos de pasada de la Lichtentaler Allé, a orillas del Río, que se prolonga por muchos kilómetros. Hay vía para vehículos, para cabalgaduras, para ciclistas y peatones, bajo una alameda continua. Era el rendez-vous de los grandes de otrora.  (Véase nota siguiente).

Aquí nos separamos el Dr. Leuchtenberger y yo.- El  seguía de vacaciones y yo regresaba a Hamburgo, vía Frankfurt.

No podía dejar de detenerme aquí . Francforte es la versión española - pues por mis estudios de historia del bachillerato, sabía que había sido la capital el Imperio Franco Oriental antes del año 1000. Actualmente es la capital de los negocios en Alemania y el centro principal ferrocarrilero.

Como puntos principales visité el Römer, construcción antiquísima, Palacio Municipal viejo e interesantísimo, además por los sucesos históricos de que ha sido testigo.


Nota:
En la ruta de Baden, el tren se detiene unos minutos en la estación de Offenburg, frente a Estrasburgo. Allí se contemplan las torres de la catedral, desde el tren. Naturalmente, quise visitar la casa del máximo poeta - Goethe- la Goethehaus, de los padres del poeta, en donde discurrió la infancia. La casa tiene un museo anexo, con bustos y retratos de familia, objetos de recuerdo, etc., etc. y biblioteca.
Dí un paseo por la ciudad, llegué un rato a la Catedral, construída entre los años 1000 y 1080 aproximadamente.
En fin, pasé la tarde en el Palmengarten, un jardín botánico y zoológico de los mas notables de Europa, con esqueletos de grandes animales paleontológicos en la planta baja: que yo nunca antes había visto (como en Londres).
La parte de las plantas es notable por su invernadero, donde crían no sólo palmas, sino otras de los Trópicos, junto a gigantescas culebras de Sudamérica.
Conocí ocasionalmente a la Srita. Hildegard Weilkirchner, de Stuttgart, tratando de practicar mis pobres conocimientos del idioma. Como refrigerio tomamos una taza de café en el Kurhaus o restaurant del jardín.
En la tardecita tomé el tren de vuelta y a la mañana siguiente, temprano, estaba yo en Eppendorf, habiendo viajado toda la noche. Descansé ese día y, otra vez al Instituto Patológico, a mis tareas.

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