lunes, 14 de mayo de 2012

Una Excursión al Pico Duarte (Año 1982)

-Experiencias de una guía como turista-

por Irmgard Klein de Read (fallecida)


¿Jamás han tenido el deseo de ir al Pico Duarte?
Para mí esto era un sueño desde hace muchos años, pero no fué sino hasta fines de  enero del año pasado cuando el sueño se convirtió en realidad, participando en una excursión al "Techo de la Patria". El tour fué organizado por Abraham y Ricardo Hazoury, hermanos muy competentes y experimentados en la materia, pues para Abraham ya fué la sexta vez que subía al Pico.

En el encuentro preliminar, donde recibimos las primeras informaciones y consejos para la aventura, estuvimos mas de 20, pero el grupo que finalmente subió estaba compuesto de sólo 14 personas - 11 del sexo masculino y 3 damas: todos jóvenes estudiantes de entre 16 y 25 años, con excepción del conocido cardiólogo Dr. Escipión Oliveira, mi esposo y yo -los "viejos".

Partimos de Santo Domingo el miércoles, 20 de enero, a las tres de la tarde en un minibus alquilado, cargado con todo el equipo necesario (tiendas de campaña, bolsas de dormir, mochilas con ropa de lana y comida, cantimploras, etc.) para una estadía de 4 días en la montaña. También el grupo estaba cargado: algunos de una curiosidad inmensa - otros de cierta nostalgia por volver al punto de sus sueños. Eramos un grupo muy alegre y muy ruidoso. La primera parada la hicimos en Santiago para comer la última cena en la civilización y para echar gasolina al vehículo. Después salimos rumbo a Mata Grande donde íbamos a pasar la primera noche.


Salimos alrededor de las seis de Santiago y el chofer nos informó que la carretera era buena y dentro de poco tiempo llegaríamos a nuestro destino. comenzó a oscurecer y subiendo vimos a cada rato las luces de Santiago dándonos los últimos saludos. Pasamos por Jánico, Pedregal y Los Montones arriba, un lindo sitio veraniego de los Santiagueros.

La carretera se puso peor y peor, y el chofer contestó nuestras preguntas, cuándo llegaríamos a Mata Grande, siempre con la misma palabra: pronto, pronto! Estaba completamente oscuro y el camino muy estrecho, cuando en una curva la guagüita se deslizó sobre una superficie mojada. Todo el mundo estaba como paralizado por el susto, el cual se puso peor cuando vimos al bajar, que las ruedas traseras estaban a solo unas pulgadas delante de un derrumbe hacia un precipicio enorme. Los muchachos empujaron la guagua para ayudar al chofer en su tarea de salir de este sitio horripilante. Pasado el susto nos subimos de nuevo a la guagua y después de pocos minutos - alrededor de las 9:30 p.m. - llegamos a Mata Grande. Mata Grande es una "terminal": un almacén techado, un colmado y algunas casitas - sin luz y ningún confort de la civilización.  Bajamos todo el equipaje de la guagua, pues desde ahí nuestro viaje siguió a pié o en mula.

En Mata Grande nos encontramos con un grupo de Santiago que también quiso aprovechar este fin de semana largo para subir al Pico. Nos sentamos un rato al lado de la fogata que iluminaba el escenario y después nos acostamos en nuestras bolsas de dormir sobre el áspero piso de  madera de un "cuarto" construído sobre un profundo precipicio. Dormimos bien y sin tener frío, aunque Mata Grande ya está a 800 m sobre el nivel del mar.  Despertamos el día de la Altagracia con los ruidos raros para nosotros cuando los guías del grupo de Santiago pusieron nueva leña a la fogata para preparar un refrescante té de jenjibre y para sancochar algunos plátanos y apio para el desayuno - allá se come el apio como si fuera yuca o yautía.

Antes del amanecer comenzó una leve lloviznita que por suerte no duró mucho tiempo. Llegaron nuestros guías Félix Núñez y Román con las mulas de carga y de montar - son hombres que conocen la montaña como el interior de sus bolsillo, de pequeña estatura pero inmensamente ágiles para trepar y de una constitución física admirable -. Aquí nuestro grupo se partió en dos: la "infantería" y la "caballería", el primero consistió en los jóvenes y la caballería de los viejos y dos jovencitas: Ana, hija del Dr. Oliveira, y Michó, prima de los hermanos Hazoury. - 

La infantería se puso en marcha con Román. Nosotros quedábamos para aguardar que las mulas de carga estuvieran listas. Entonces, cuando Félix nos dijo que  ya podíamos salir, comenzó para mí el "momento de la verdad", porque jamás en mi vida había montado. Haciendo caso a mis súplicas, Félix me dió la mula mas mansa del grupo que llevaba el lindo nombre de "Golondrina". Me senté sobre ella, y en el mismo instante tenía el deseo de mejor no haber comenzado este tour! Mi esposo trató de tranquilizarme diciendo, quien sabe montar bicicleta también sabe montar caballo - es decir, mula- pero yo me quedé  con mucho escepticismo, pues una bicicleta no tiene cuatro patas y tampoco voluntad propia. Los primeros minutos Abraham me ayudó agarrando los frenos de mi mulita, y así me acostumbré  poco a poco a los movimientos del animal, sin embargo en las primeras dos a tres horas - hasta el primer descanso cuando ya me había convertido en casi experta en asuntos mulares haciéndome amiga de Golondrina - no ví nada del paisaje, solamente la cabeza de mi raro medio de transporte! En el camino descubrí que mi animalito tenía espíritu de carro público: desplazándose con lentitud, pero tan pronto que otra mula trataba de rebasarla comenzó a acelerar abruptamente.

Subir la montaña en mula es una experiencia muy agradable, pero bajar es una experiencia muy negativa, especialmente cuando los caminos están mojados y las mulas se deslizan con cierta frecuencia. Tienen una asombrosa seguridad para encontrar hasta en los sitios mas resbaladizos puntos seguros para caminar. Después de una bajadita de 2 - 3 metros patinando decidí, sin embargo, bajar caminando con mis propios pies, lo que también es muy relajante para los músculos tensos después de algunas horas sobre el animal.

Al mediodía decidió una parte de la caballería bajar caminando con la recua y el guía detrás de nosotros. Llegamos muy cansados y sudados al punto de reunión con el otro grupo, un pequeño río, y encontramos los muchachos ya bañados y sentados comiendo naranjas que habían encontrado en cantidades en el camino. Por el susto de todos notamos en este momento que habíamos perdido al Dr. Oliveira, su hija y otro joven.  El guía Félix fué a buscarlos inmediatamente, pues en estos bosques montañosos con las distancias sin población perderse es una cosa bastante seria. En estos espacios silenciosos la naturaqleza demuestra su soberanía, y el hombre se siente pequeño y sin importancia.  Tras un breve descanso - enfriándonos los pies en el río y chupando el refrescante jugo de las naranjas - seguimos adelante, muy preocupados por la suerte de los compañeros.  Comenzando a trepar el Filo de la Navaja aparecieron también los perdidos con Félix, su salvador.  el Filo de la Navaja es una subida muy fuerte, pero la bajada es aun mas escalofriante, porque lleva por largo rato al lado de un precipicio de una profundidad enorme. Era mejor,  no mirar hacia abajo. Desde arriba ya vimos el campamento del otro grupo en la Guácara, donde los muchachos levantaron las tiendas de campaña - dos, una para las jovencitas, mi esposo y yo y la otra - grande - para el resto del grupo. Después de un refrescante baño en el río nos sentimos cansados pero muy bien y con bastante hambre después de 8 horas de camino. Los guías encendieron una fogata y preparamos nuestra cena consistente de comida fuerte enlatada.

En la Guácara nos encontramos con el mismo grupo de Santiago y otro grupo de Santo Domingo, haciendo con ellos un interesante intercambio de experiencias.

Ya los guías nos habían advertido no dejar nada afuera durante la noche , porque "vendrían las vacas" - y así fue: desde la medianoche en adelante las vacas - animales que dejaron los guías allí para tener siempre leche fresca cuando pasan por este sitio - invadieron el campamento, tratando de comerse todo lo que estuviera a su alcance: desde toallas, poloshirts, medias, latas vacías hasta los pies de un muchacho que los tenía fuera de la tienda para mejor descanso! Cada rato se oían los gritos "las vacas, las vacas" y alguien tenía que levantarse para espantar los rumiantes.

Saliendo el viernes por la mañana de la Guácara el paisaje era maravilloso. Los árboles, llenos de líquenes colgantes, lucían como adornados con lágrimas para la nochebuena con la luz del sol dándoles brillo.

Subimos y bajammos 3 lomas en los alrededores de los 1500 m. Mi esposo llevaba un altímetro y nos informó constantemente sobre la altura alcanzada o perdida cuando - por ejemplo para cruzar un río - teníamos que bajar. Cruzamos los ríos Bao y Baíto y alrededor de las 2 de la tarde llegamos al Valle del Bao, una altiplanicie abierta rodeada de montañas. El valle tiene una altura de unos 1800 m y allí nacen los riachuelos que mas tarde forman el río Bao. En una caseta de foresta encontramos refugio para la noche. Pero primeramente tomamos un buen baño en un pequeño río - los varones primero, después las hembras (no observando la regla "ladies first") - en un agua tan fría que nos dejó estallar de gritos al entrar. Estas aguas de la montaña son algo especial: no solo para bañarse sino también para beber. Nadie puede imaginarse el sabor fresco y agradable de estas aguas cristalinas sin ninguna contaminación.

Muy pronto - como desde las 5 de la tarde en adelante - desapareció el sol y las nubes comenzaron a bajar rápidamente desde la Rucilla, oscureciendo la preciosa vista y enfriando los prados del valle. Pasamos una linda noche al lado de la fogata comiendo a invitación del grupo de Santiago un sabrosísimo sancocho preparado por los guías.

Dormir sobre un piso de madera es hasta mas duro que dormir sobre la misma tierra, y el frío de la noche nos hizo levantar temprano el sábado, alrededor de las cinco, y preparar un "grog" (bebida de agua caliente, azúcar y ron) para recobrar los espíritus vitales después de una noche con el punto mas bajo de la temperatura de 3 grados centígrados.

Al amanecer el valle pareció cubierto de cristales, una vista maravillosa y una bella despedida para comenzar la subida para el Pico. La primera montaña que subimos se llama la Hamaca, como nos informó nuestro guía.  Allí hicimos un descanso, después seguimos subiendo la Pelona. La Pelona es una montña bastante empinada y nos saludó con una lloviznita casi helada y un norte que atravesó nuestros abrigos de lana como si fueran de simple algodón. El camino nos pareció sin fín por el frío y el cambio de la vegetación que daba la impresión de una región no muy alegre, pero de pronto salió el sol porque ya nos encontrábamos sobre las nubes con vista al Valle del Pico el cual apareció y desapareció según el movimiento de la bruma. Bajamos al valle donde el grupo de los muchachos ya nos esperaba con una agradable fogata de bienvenida para calentarnos. Tan pronto el calor se dejó sentir comenzamos a trepar el último trecho hasta la misma cima del Pico Duarte.

Qué emoción llegar allí - el punto mas alto de la República! Como buenos turistas aprovechamos la cruz y la estatua de Juan Pablo Duarte que se encuentran en el "Pico Pico" para tomar ciertas fotos como testigos de nuestra aventura, y mi esposo como radioaficcionado logró desde allí satisfactorios contactos con sus colegas aquí en la capital y en Santiago.

Del Pico Duarte a una caseta de foresta en el sitio denominado la "Compartición" son solamente 4 Kms. y los bajamos en poco rato llegando allí alrededor de las 4 de la tarde. La caseta está situda en un valle bien protegido, pero lamentablemente para nosotros ya había sido ocupada por un grupo de Intec, así que tuvimos que montar las tiendas de campaña en medio de una leve lluvia que se prolongó casi hasta el amanecer, empapando las tiendas y parte del piso.

El amanecer del último día de nuestra excursión - domingo 24 de enero - apareció como un sueño entre los enormes pinos. Salimos del campamento - yo tenía que dejar mi fiel Golondrinita ya en el Valle del Pico, porque allí parte de las mulas regresaron directamente a Mata Grande. Otra mula - la Morenita - era un animal mucho mas animado que Golondrina y me dió ciertos problemas, pues cuesta arriba comenzaba siempre a galopear, paso que no me cayó muy bien con mis pocos conocimientos prácticos del arte de la equitación, pero le guardo también mucho cariño y mucho agradecimiento en mi corazón, pues sin ella, creo que no hubiera bajado hasta la Ciénaga. De la Compartición subimos una montaña tan empinada que se llama por eso la "Vela", cruzamos el Pico del Yaque y llegamos a la caseta Las Agüitas. Desde allí comenzó una bajada dificilísima, pues con las lluvias de la noche todo el camino se había convertido en un estrecho lecho de lodo, donde las mulas con cada paso se hundieron hasta las rodillas en el fango. Los pobres animales ya estaban agotadísimos pero tenían que bajar y bajaron - a veces a fuerza de latigazos por parte de los guías y enérgicas protestas por el grupo femenino por el trato tan rudo de las pobres criaturas. Jamás olvidaré nuestros frecuentes gritos "Mulita, despacio, tranquilita!" al pasar por un sitio peligroso o "Mula hoo hoo!" cuando ya no querían seguir.

En esta bajada ya de por sí peligrosa por los lodazales, la silla de mi esposo se soltó y él cayo de su mula - por suerte hacia el lado de la montaña. Dos jovencitas tenían menos suerte y cayeron -por la misma causa - hacia el lado del precipicio - pero tampoco sufrieron ningún daño, gracias a Dios - sólo se quedaron con el susto.

Hicimos el último descanso en la caseta de Los Tablones y después fuimos a la Ciénaga, donde nos esperaba una camioneta para llevarnos a Jarabacoa. Nos despedimos con tristeza de nuestros guías Félix y Román que se habían convertido en verdaderos amigos y protectores en estos 4 días inolvidables. De la Ciénaga hasta Jarabacoa es otro viaje de aventura, pues hubo que cruzar varios ríos, empujando la camioneta. En Jarabacoa nos esperaba la misma guagua que nos había llevado a Mata Grande para traernos de vuelta a la civilización y a la vida normal en la capital.

Caímos como muertos en la cama pero llenos de una satisfacción increíble por habernos metido en esta aventura la cual nos dió muchas experiencias extraordinarias y un grupo de buenos amigos nuevos.

El domingo pasamos el día entero contando a todo el mundo de nuestro viaje, porque para nosotros era la cosa mas excitante e impresionante, y esta sensación desapareció solamente poco a poco. El lunes - todavía con la cabeza llena de la aventura - mi esposo, al llevar los niños al colegio, se metió en el carro y en lugar de encenderlo lo quzo hacer con las palabras mágicas de la montaña "Mula hoo!" que en los últimos días dieron impulso al medio de transporte.

Los días pasaban, nos fuimos acostumbrando de nuevo a la vida cotidiana, y la excursión y la excursión se convirtió para nosotros en un lindo recuerdo que nos acompañaba los siguientes meses.

Ahora viene un postscriptum:

Cuando a fines del año 1982 Ricardo nos informó la fecha del tour de este año, decidimos repetirlo - lleno de los recuerdos de la primera excursión - esta vez en compañía de nuestra sobrina Petra, una jovencita alemana que se encontraba de vacaciones en el país. Para nosotros era algo especial ver a Petra descubrir las montañas dominicanas después de conocer y amar ya las playas del norte y del sur y muchos sitios de interés turístico.  Para Petra los días en el paisaje virgen de las montañas eran la cumbre de su estadía aquí, impresiones tan fascinantes que "nunca olvidará".

El grupo 1983 era mas grande, compuesto del "grupo básico" del año anterior y alguna gente nueva. La repetición de algo extraordinario termina casi siempre en desencanto, sin embargo para nosotros también la "segunda edición" de la excursión al Pico era un acontecimiento inolvidable. El grupo - aunque siendo mas grande - era tan homogéneo como una familia: los "jóvenes" ayudaban a los "viejos", y los "experimentados" tenían siempre para los "novatos" algún buen consejo a mano.

Esta vez tuvimos hasta mas suerte con el tiempo, pues no llovió en todos los días (del 5 al 10 de enero), así los caminos estaban secos y además recién limpiados por una brigada de la Dirección Nacional de Parques, y se encontraban por eso en condiciones óptimas para nuestro propósito.

Con nosostros ocurrió lo mismo que el año pasado. Estuvimos de nuevo encantados de la majestuosidad de la montaña, del silencio impresionante de los bosques, de las aguas cristalinas de los ríos, de los días llenos de espíritu aventurero y de las noches románticas al lado de una fogata con cielo cubierto de estrellas: una fuente regeneradora para cuerpo y alma.

En la caseta forestal del Valle del Bao nos sorprendió una noche realmente fría con temperaturas bajo cero. Al levantarnos a tempranas horas de la mañana toda la vegetación en el valle estaba helada, y las gotas de rocío sobre la grama y las hojas de los arbustos se habían convertido en bolitas de hielo: algo increiblemente bello -como una alfombra bordada con diamantes!

El Pico Duarte nos saludó con un cielo claro y brillante y con una vista excepcional sobre todo el territorio a nuestros pies. La Compartición con sus amaneceres como en un cuento de hadas y después el descenso hacia la Ciénaga - todo un sueño fascinante de belleza y encanto que despierta el deseo de volver cada fin de semana a la montaña para ver y vivir las maravillas de esta región que realmente vale la pena de ser "descubierta" por mucho mas personas. ¿Usted no quiere ser una de ellas?


 

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